De la Felicidad y Todo Eso, de Fernando Villegas

Partamos por reconocer lo siguiente: si no me lo hubieran regalado, probablemente nunca habría leído De la Felicidad y Todo Eso.

Mi tendencia a rechazar otra incorporación del célebre personaje de profusa cabellera a mi estante se basa en la creencia de que, habiéndolo leído una vez, habiéndolo escuchado durante tanto tiempo en la radio y habiéndolo visto en televisión, uno más o menos ya sabe todo lo que tiene por decir y a quien putear. De ello aprendí teniendo unos 16 años, cuando, aquejado por cierto apetito de libros y sumido en algún estadio de escaso desarrollo del gusto –entre tantas otras facultades intelectuales– y una evidente dificultad para filtrar y discriminar entre lo que valía la pena y lo que no, me devoré en su momento, con suma gracia, El Chile Que No Queremos, también de Villegas.

El asunto es que, como bien digo, De la Felicidad y Todo Eso me lo regalaron, así que le di una oportunidad a pesar de lo que intuía y temía. Y la verdad es que no resulta tan terrible como parece.

De partida, la portada y el texto de la contraportada ofrecen una buena ilustración de lo que puede y debe esperarse. Si ello no bastare, ya con leer la introducción y el título del primer capítulo –Del orinar– podemos convencernos: la cosa es –más o menos– chacota. Eso sí, quede claro desde ya también que aunque el autor haga un “esfuerzo” permanente por desprenderse de cualquier semblante de gravedad y evite imprimirle un sello de seriedad a su obra, no significa ello que no valga la pena, o que no permita al menos pasar un buen rato.

Básicamente se trata de un conjunto de ensayos en los que Villegas, mitad en broma mitad en serio, “deambula” –palabra ampliamente reiterada a lo largo del libro– sobre temas tan misceláneos como el orinar, la siesta, el alcohol y los libros, todos los cuales, según el parecer del autor, se relacionan con ese eterno e infructuoso intento humano por alcanzar lo que llamamos Felicidad.

El tratamiento de esta vorágine de tópicos tan diversos pretende adoptar a ratos –como el mismo Villegas reconoce con algo de vergüenza– un estilo de autoayuda. Pero curiosamente, con tanta o mayor frecuencia que ese odioso tenor sacerdotal que le indica al prójimo carente de iluminación qué hacer, reaparece a lo largo del libro ese estilo tan profusamente desarrollado en obras anteriores, como el que pude apreciar, precisamente, en El Chile Que No Queremos y como el que seguramente varios pudieron apreciar en el otro prolífico trabajo de Villegas: Ruego a Ud. Tenga la Bondad de Irse a la Cresta (no lo leí pero conjeturo que irá más o menos por ahí).

Esto último significa que a ratos Villegas parece más empeñado en criticar cualquier cosa que pueda relacionarse mínimamente con el título del capítulo en cuestión, que en referirse propiamente al asunto que nos ocupa y en cómo se relaciona éste con el alcance del goce y la Felicidad. De hecho, en no pocas oportunidades el propio Villegas, tras desplegar unas graciosas pero extensas diatribas, se ve forzado a ordenarse y preguntarse nuevamente: “¿y cómo se relaciona todo esto con la Felicidad?”.

He dicho que el ejercicio de encender el ventilador y repartir feca a diestra y siniestra es realizado con frecuencia y casi siempre resulta gracioso, con un tratamiento humorístico y honesto que tiene mucho de verdad, que al menos sacará algunas risas y que ya por ello quizá justifique la lectura del libro –aunque hay más, concedámosle–. Sin embargo, hay ocasiones en que uno francamente se pregunta qué diablos se fumó el autor, o cómo pudo arribar a axiomas de validez universal basado en premisas que claramente se limitan al desarrollo de su vida personal y a sus propias frustraciones. Así, resultan absurdas ciertas catarsis como la que pretende explicar de qué manera “la sociedad”, el común de los mortales, los menos iluminados –que los hay–, ven al buen lector que se sustrae del mundo y se arrincona en lo suyo. La cantidad de mala leche desparramada en esa sola parte del libro sólo puede compararse a la mala leche que Villegas suele criticar, donde sea que escriba, refiriéndose a políticos, empresarios o ciudadanos de a pie. Además uno se pregunta con legítimo derecho, ¿a través de qué modernas técnicas de parapsicología es que, curiosamente, el autor ha podido posicionarse en la mente de los demás, para llegar a explicar con tal grado de detalle y precisión lo que el resto de las personas piensan cuando ven un lector? En fin, se trata de otra oportunidad más para criticar gratuitamente y aplastar una opinión contraria que, exceptuando algún lamentable trauma personal de Villegas, uno duda siquiera si llegó a existir.

Se encuentra asimismo otra joya de éstas al referirse Villegas a la música, no sólo en el capítulo homónimo, sino a lo largo de todo el libro. Y es que en cuanto tiene la oportunidad, el autor vuelve con uno de esos discursos arteros y cargados de autoridad moral para enseñarle al lector cuál es la buena música y cuál no vale la pena ser escuchada. ¡Si hasta se da el trabajo en unas líneas de enseñarnos qué discos en particular son los que deben comprarse para comenzar a afinar el oído!

Tampoco puede dejarse pasar, a propósito de las licencias que se concede Villegas, el molesto hecho de que, con más frecuencia de la necesaria, deje entrever una clara frustración por lo que pudo haber querido pero no llegó a ser. De modo que no faltan palos para académicos e intelectuales y, sobre todo, los reiterativos lloriqueos por haber publicado previamente libros que no fueron leídos por nadie, por haber emitido opiniones e ideas a las que igualmente nadie ha dado bola y por habérsele vetado el ingreso a un nicho, habiendo leído miles de libros, en el selecto círculo justamente de los “intelectuales”, donde, qué evidente, no tiene posibilidad de cabida alguna.

Mención propia merece, para proseguir con las reiteraciones innecesarias de Villegas que se prolongan por todo el trayecto, la búsqueda de indulgencia permanente del lector, quien sabe desde un principio que malamente algún destello de genialidad descrito en la obra podría ser original, pero es molestado página tras página por un hombre que insiste en recordar que todo lo que pedestremente dice es réplica de lo ya dicho por alguien más.

Otro aspecto que no puede dejarse pasar es la ligereza –quizá apropiada para el formato del libro, la temática que aborda y la forma en que lo hace– con que se invoca constantemente al iluminado Olimpo de la erudición para reafirmar cierto punto. De esta forma, demostrando una laxitud y maestría para la cita simplista que deja a Carlos Peña como un verdadero aprendiz, Villegas en una hoja puede estar traduciendo lo que Schopenhauer decía sobre la Felicidad, para replicar en la siguiente lo que afirmaba Nietzsche sobre la esperanza y después lo que explicaba Epicuro sobre cualquier cosa –al tipo lo invocan hasta para lo más mínimo–. Holbrook Jackson, Mark Twain y Marco Aurelio son otros ejemplos de escritores e iluminados que cayeron en esta suerte de juguera que ofrece como producto final un auténtico colado de pensadores sin mucha uniformidad.

Pero no todo es terrible. Al contrario. Los simpáticos ensayos, cuando no nos arrancan una carcajada, nos invitan a reflexionar sobre todo lo que nos rodea e incluso lo que habita dentro de nosotros mismos, valiéndose muchas veces, como ya he dicho, de la autoridad de otros pensadores históricos. Y pensando en el público al cual se dirige la obra, quizá no haya para las comunes, pobres y mortales almas de nuestra urbe una forma más efectiva y directa para lograr que despabilen.

Esto último Villegas lo domina con maestría. Con estilo sencillo y directo, sin pretensiones ni pompas académicas absurdas como aquellas de las que se mofa hacia el final del libro, y tampoco con atisbo alguno de interés en pasar como vendedor de recetas mágicas que cambiarán la vida en diez pasos, nuestro guía hace gala de un gran mérito, esto es, simplemente invitarnos a pensar y recordar las cosas que, en nuestra cotidianidad, pasan a un segundo plano en desmedro de otras mucho menos importantes. En este sentido, diría que existe un claro quiebre en los capítulos “Revisándolo todo” y “En el rest-room again”, a partir de los cuales Villegas, con un estilo que prescinde de las tallas constantes y que adquiere algo de ese “rasgo saturnino, pesado, meloso, pegajoso y a menudo estúpido y letal” al que llama seriedad, parece mucho más introspectivo, y sus reflexiones, basadas en lo ya dicho por tantos otros, se notan mucho más profundas. Baste fijarse para estos efectos en los temas que se abordan en la porción restante: la locura, la belleza, la creencia en Dios y la muerte. En breve, posiblemente sea esta última parte la que, en lo personal, me resultó más interesante.

En lo que toca al gran tema del libro, esto es, la Felicidad, no diré cuál es el mensaje central que el gurú Villegas transmite para acercarse a ella, con tal de no arruinarle la sorpresa (aunque a modo de pista adelantaré que se trata de alguna extraña mescolanza que parece moverse entre el nihilismo y la filosofía budista).

Lo que sí puedo decir es que, una vez leída la obra, pareciera que el autor, más que escribir un libro de autoayuda mitad en broma y mitad en serio para abordar la Felicidad, se ha limitado a describir la historia de su vida, las mañas que la componen y a justificar cómo éstas le han permitido arribar, a sus no sé cuántas décadas de existencia, a un estado de goce, plenitud e iluminación que vale la pena enseñar y compartir, aunque el discurso que profesa no sea en lo más mínimo compatible con el estilo de vida moderno y “occidental” –o al menos chilensis– que hoy se respira en cualquier parte y del que también soy un férreo opositor.

Colgándome de esto último, concluyo que de las tantas sentencias que podrían definir el libro –al menos en su 70%–, la mejor sería ésta: “un sincero pero quizá infructuoso intento por acercar a los socios del Club de Lectores de El Mercurio, en la medida de lo posible y de la forma más humilde a la que pueda apelarse, las palabras de sabiduría y conocimiento de tantos otros personajes más célebres y trascendentes para la historia universal, y si aquello no es posible, es al menos un intento por hacerlos reír y darse cuenta de lo pelotudos que son, como el 99% del país, al tomarse las cosas tan en serio y adoptar ciertos códigos de conducta animal apenas menos patéticos que los de un joven promedio de 15 años que se dedica a sacarse los mocos, escuchar rock y salir de juerga”.

En lo que a mí respecta, mi naturaleza cercana al ostracismo y crítica para con todo me permite compartir una buena parte de los puntos abordados en el libro, los que resultan en lo medular bastante sensatos, salvo honrosas excepciones como lo que toca a gustos musicales o a las actitudes que creemos que los demás profesan hacia nosotros. Si a eso le agrego el hecho de que me sacó carcajadas en más de una oportunidad, que en general el libro está bien escrito, salvo determinada aberración ortográfica que es reiterada a lo largo de todo el texto –¡señor editor, la palabra “paradógicamente” no existe!–, que no tiene mayores pretensiones que las que ya pueden inferirse, como decía al principio, al echarle un vistazo a la tapa y a la introducción, y que puede llegar, incluso, a extendernos una cordial invitación a reflexionar en más de una ocasión sobre ciertos temas profundos que sí afectan nuestra cosmovisión y calidad de vida, pero a los que nadie suele dar bola porque están preocupados de otras tonteras, puedo concluir, entonces, que esas 270 páginas garantizan al menos un muy buen rato. No le cambiará la vida, pero, oiga, ¿cuántos textos hoy en día pueden jactarse de eso?

¿Quién Vigila A Los Vigilantes?

Con el apogeo en los últimos años de colectivos como Wikileaks, Anonymous y Lulz Security, la información más reservada, sea que se encuentre custodiada por el gobierno o algún ente privado, se encuentra al alcance de la mano de cualquiera y tan accesible como las informaciones tradicionales que entregaría un medio de prensa convencional.

Si bien es cierto que estas agrupaciones mantienen algunas diferencias sustanciales entre ellas, existe asimismo una serie de rasgos comunes y visión compartida que les ha permitido en más de alguna ocasión trabajar en conjunto.

Sin embargo, el problema que aparece con el apogeo del acceso a la información, la proliferación de este tipo de colectivos y el trabajo llevado a cabo, es que la barrera que separa entre la legitimidad para conocer de los datos públicos y lo que de plano podríamos calificar como un robo de información o vandalismo digital, se vuelve cada vez más difusa.

Hace sólo un par de semanas el FBI informaba que, gracias a antecedentes provistos por el propio líder de Lulz Security, Héctor Xavier Monsegur, alias Sabu (quien había sido arrestado a mediados de 2011), cinco de sus compañeros de fechorías fueron detenidos.

Desde luego la actitud del informante fue calificada en círculos virtuales como una de las más deleznables que puedan verse en el entorno del llamado “hacktivismo“. En efecto, esta clase de perfidia no suele ser el espíritu general que se aprecia en comunidades tan grandes como las mencionadas; las que, en cambio, se caracterizan –suponemos– por valores como la lealtad o la existencia de alguna consigna contra un enemigo común que no admite debilidades, quebrantamientos ni divisiones.

Miles de usuarios anónimos se lanzaron en picada a las secciones de comentarios en blogs de habla inglesa e hispana, desatando su odio y dejando entrever que Héctor Xavier Monsegur merecía las penas del infierno por haber proporcionado al FBI la información que —se espera— ayudará a dar un término más o menos definitivo a la historia de esta organización. Pero lo interesante es que no se trató de una actitud de reproche que se limitara a hacktivistas o hackers; por el contrario, se generó una especie de sentimiento comunitario y de empatía que se extendía a cualquier usuario de Internet que se preciara de ser amante de la tecnología y la libertad de información.

El problema sobre el que no muchos se habían detenido a pensar, sin embargo, es que (a riesgo de decir algo que de políticamente correcto nada tiene) en el caso particular de Lulz Security nos enfrentamos a una organización que parece estar mucho más cercana a la criminalidad cibernética que a una legítima lucha por el acceso a la información. Después de todo, no podemos ni debemos perder de vista que fue Lulz Security la organización que se vanaglorió de, por ejemplo, haber robado en 2011 cientos de miles de nombres de usuario, contraseñas y números de tarjeta de crédito de la base de datos de Sony.

Ahora, ¿cuál es el bien al que aspiramos o el beneficio que la comunidad obtiene cuando un grupo de hackers (sí, sabemos que el sentido original de esta palabra dista bastante del que se utiliza hoy en día, pero sencillamente nos acoplaremos a la convención) se dedica a robar datos que, además, podrán ser utilizados posteriormente para fines aún menos loables?

Un caso menos extremo, pero igualmente ilustrativo, es la última hazaña de Wikileaks, la que, en asociación con Anonymous, se hizo de nada menos que cinco millones de correos electrónicos pertenecientes a la firma privada de análisis Strategic Forecasting,  una serie de datos que fueron derechamente robados por Anonymous (ente cuya supuesta falta de jerarquía y organización difícilmente puede ser sostenida hoy en día) el pasado mes de diciembre.

Como explican los medios de prensa, empero, ésta no fue la primera oportunidad en que Wikileaks filtra información que reviste el carácter de privado en vez de público. Y no puede dejarse pasar lo relevante que es diferenciar entre una cosa y la otra.

Asumiendo que –al menos desde un punto de vista formal– el acceso a la información pública que ostenta el gobierno –cuya obtención no ha sido autorizada– reviste cierta ilegitimidad, se subentiende que prima, no obstante lo anterior, una suerte de legitimidad material: la de los gobernados por conocer la verdad deliberadamente ocultada (y no pocas veces tergiversada) en manos de quienes han sido democráticamente elegidos.

El caso de Stratfor, sin embargo, es distinto. Se trata de informes de análisis que, si bien versan sobre temas globales y tan importantes como la seguridad nacional y prospecciones socio-económicas, a fin de cuentas han sido encargados en un ámbito de competencia amparado por la intimidad y privacidad que merece cualquier relación laboral o de prestación de servicios. Poca diferencia hay, entonces, entre este caso y la intrusión en la casa de un vecino para revisar su correspondencia y obtener información que lista y llanamente no reviste el carácter de público, por muy interesante que aparezca.

Arrogándose una legitimidad que nadie les ha concedido, grupos como Anonymous, que aparentan jugar el papel de alguna clase de partisanos de la nueva era digital y asumir con más seriedad de la necesaria el rol de V en la novela gráfica de Alan Moore y David Lloyd, saltan de sitio en sitio dedicándose no sólo a botar servidores, sino a conseguir información que poco o nada tiene que ver con lo que las sociedades del siglo XXI necesitan.

Desde luego esta falta de legitimidad política o social se ve suplida por la ostentación de un poder casi incontrarrestable: el del conocimiento técnico requerido para dejar en ridículo a las agencias de seguridad de Estados Unidos y los órganos de seguridad de las distintas multinacionales cuya información ha sido robada con la misma facilidad que se le quita un dulce a un bebé. Se trata de pseudo-héroes que por el poder que se han conferido a sí mismos, pueden permitirse el lujo de transgredir normas y obrar en provecho propio. Luego, como en ese clásico argumento dramático (al borde del cliché) del que se han valido algunas historias de ficción, la que parece escribirse acá es la de una legión de rebeldes que, intentando derrocar al gobierno represivo de turno, termina convirtiéndose en un régimen fascista igual o peor que el saliente. O por decirlo de una manera más simple, el remedio termina siendo peor que la enfermedad.

En este momento los ojos ciudadanos miran con escepticismo, sobre todo después de las agitaciones sociales que se han verificado en los últimos años, las acciones y omisiones de los gobiernos. Sin embargo, una visión auténticamente crítica debe pregonarse no sólo respecto de determinados grupos de personas, sino como actitud y casi filosofía de vida; de lo contrario, sencillamente no podemos clamar por libertad. Y es que, como afirmaba el escritor argentino José Pablo Feinmann, “no hay libertad si no está alimentada por la crítica”.

Es importante tener las cosas claras, pues  se supone que la luz al final del túnel es una democracia representativa más justa, abierta y transparente, y no una especie de anarquía épica con ribetes de romanticismo, como las que suelen mostrar historias tipo V for Vendetta.

(Fuente: elvaso.cl)

Revolución Educativa Y La Otra Brecha Digital

A mediados de enero Apple anunció sorpresivamente un conjunto de tres nuevas herramientas de software, las que permiten asignar a la tecnología un tremendo valor como agente de cambio en el campo de la educación: iBooks 2 –una plataforma de distribución de libros electrónicos que podría eventualmente desplazar a los textos educativos tradicionales–, iBooks Author –una aplicación que permite a cualquier persona desarrollar su propio texto educativo electrónico– y iTunes U –una aplicación para iPad, iPhone y iPod Touch que pretende acercar a los usuarios una serie de contenidos académicos puestos a disposición por las más prestigiosas universidades del mundo–.

Mientras tanto, en nuestras provincianas y todavía pacíficas latitudes –al menos hasta que verdaderamente comience el año en marzo–, la relativa calma del escenario social y político augura con efectividad lo que todos prevemos que sucederá una vez que el grueso de la población haya dado término a sus días de reposo. Es una pasividad que augura lo evidente e inevitable; la calma antes de esa tormenta que prontamente se dejará caer y que podremos denominar “Revolución (?) Educativa: Parte II”. Una revolución que implicará, está claro, que actores políticos y sociales salgan a las calles a vociferar por una mejor educación. Podemos prever que será un período de conmoción y agitación que, como varios dirigentes ya auguraban el año pasado, probablemente sea de igual o incluso mayor magnitud que lo ya visto en meses previos.

Sin embargo, ¿qué clase de delirio podría hallar una coherencia entre la –digamos merecida– holgazanería de que muchos disfrutan en estas semanas, las futuras movilizaciones “por la educación” y lo anunciado hace un mes por el gigante informático de Cupertino? ¿Qué tiene que ver una cosa con otra? Mucho, a decir verdad.

Cuando uno evoca el concepto “Internet”, probablemente el primer impulso de muchos chilenos sea pensar en un portal blanco y azul plagado de chismes, mini juegos y otras frivolidades, en el cual suelen desperdiciar una excesiva cantidad de horas (estadísticas a mano no tengo, pero tampoco podemos ser tan cínicos como para negar que cada vez que una secretaria, estudiante, empleado de oficina o funcionario cualquiera está mirando con atención y suma concentración una pantalla sobre su escritorio, al observar la misma comprobaremos que está conectado a Facebook).

Por otra parte, a la hora de mirar el historial de navegación de esos mismos computadores en la oficina o en la universidad, comprobaremos que ya varios han visitado, entre otros sitios afines, el diario de circulación nacional por excelencia si lo que deseamos es informarnos de las banalidades del mundo de la farándula (ustedes me entienden).

Por último, si tomamos el smartphone de cualquier conocido, probablemente nos encontremos con un cuantioso surtido de contenidos fútiles, entre aplicaciones que, sí, a veces entretienen y sanamente distraen, pero que en exceso sólo contribuyen a perder el tiempo y a desaprovechar la tremenda utilidad que un computador en la palma de nuestra mano verdaderamente puede aportar.

La deprimente conclusión que podemos sacar a partir de esto es, entonces, que Internet y la tecnología en general (el computador personal, teléfonos inteligentes y todo lo demás) hoy parecen adolecer del mismo problema que presentó y aún presenta la televisión: involucionar, aunque sea por causas externas, de un medio concebido para entretener, informar y educar a uno que sólo pareciera concentrarse en lo primero (aún cuando en el caso de Internet, y a diferencia de la televisión, buena parte del problema no sea atribuible a los proveedores de contenidos, sino a los consumidores).

En esta interesante entrevista a Isaac Asimov, realizada en 1988, el visionario y genial escritor fue capaz de vaticinar con optimismo y acierto cómo en el futuro cada hogar contaría con una computadora conectada a bibliotecas universales, de manera que podríamos acceder todos a una cantidad de información ilimitada. Así, nos veríamos enfrentados a lo que él describió como una verdadera revolución educativa.

Esa revolución permitiría, sin llegar al extremo de abolir la escuela, que cada persona adquiriera conocimientos desde su más tierna infancia, guiándose por su propia vocación y a su propio ritmo. Era una oportunidad, creía Asimov, para despojar al concepto “educación” de connotaciones absurdas y nefastas, como que se trata de un proceso para niños y jóvenes, que se inicia con el ingreso al sistema educativo obligatorio y que acaba una vez que se egresa de él para adentrarse en el mundo laboral. La tecnología, y más precisamente Internet, eran una oportunidad –observen el optimismo de Asimov– para que la adquisición de conocimiento no resultara aburrida porque alguien la impone en un salón, sino para que fuera, en su lugar, interesante y deseada por todos.

Sin embargo, las aspiraciones antes aludidas parecen chocar estrepitosamente con la triste realidad. En un contexto en que la televisión abierta atraviesa una decadencia impresentable e innegable, Internet parecía ser la salvación. Pero lamentablemente no parece ser el caso.

Incluso Steve Jobs, el hombre cuyas ideas y trabajo constituyeron la piedra angular sobre la que se cimentó el imperio de Apple, dijo en una entrevista a mediados de los 90:

“La gente está pensando menos de lo que solía hacer. Eso es principalmente por la televisión. La gente está leyendo menos y están ciertamente pensando menos. Así es que no veo a la mayoría de la gente usando la red para obtener más información.”

Con esto no pretendo decir que Asimov se equivocó y que su visión optimista se vio sepultada por la visión más sombría de otro hombre que al final sí acertó, mientras el mundo se dirige a un pozo sin fondo. Esto lo preciso porque, en cierta manera, Asimov sí tuvo razón: si bien aún queda trabajo por hacer, la infraestructura está, así como la posibilidad de acceder al conocimiento disponible en ella. Las oportunidades de conectarse a esas bibliotecas rebosantes de información existen, de manera que la educación, en su sentido más puro y genuino, se encuentra hoy al alcance de buena parte de la población mundial, incluido por cierto nuestro país. Por ello insisto: esos vaticinios felices, en cierta forma, son hoy una realidad.
 
¿Cuál es el problema entonces?

El problema es que si bien la infraestructura y la información están, algo falló en el camino y jamás llegó a existir esa añorada revolución educativa de la que el prolífico escritor hablaba. Es decir, está todo al alcance de nuestra manos, menos una genuina voluntad e interés de parte de los usuarios –sean niños, estudiantes universitarios, trabajadores, dueñas de casa, jubilados o lo que sea– por educarse.

Desde luego lo anterior no responde mucho a la pregunta formulada, pues de inmediato nos cuestionamos: ¿y por qué a pesar de tener esa revolución educativa frente a nuestros ojos, la sociedad no se ha interesado por la adquisición del conocimiento?

La respuesta a esta nueva pregunta por cierto que no es de mi competencia, pero la formulación de estas interrogantes al menos debiera animarnos a observar que, mientras una buena parte de los estudiantes probablemente sobrecargue sus semanas de vacaciones de actividades hedonistas y sin sentido, la cacareada revolución educativa está mucho más cerca de lo que creen y al alcance de su mano, así como al alcance de la mano de cualquier otro, más joven o viejo, que quiera verdaderamente profesar algo de amor propio y adquirir conocimiento e información relevante para sí.

Es por esto que me gustaría saber, mientras la industria de la tecnología desarrolla aplicaciones que acercan la educación a la gente aún más de lo que ya lo hace Internet por sí sola, cuántos de los nobles partisanos que salieron a las calles y volverán a hacerlo este año porque quieren “educación de calidad”, efectivamente han aprovechado las oportunidades que –como a Jobs le gustaba decir– el cruce de la tecnología con las humanidades puede ofrecer. Y con aprovechar estas tecnologías no me refiero, por cierto, a desperdiciar buena parte del día conectado a Facebook o diarios de farándula.

Hay una sobrecarga de información en nuestras vidas; es verdad. Internet cuenta con cantidades inconmensurables de contenidos inútiles; innegable. Pero no es menos cierto, asimismo, que muchos realmente están haciendo algo por salir a buscar su educación de calidad (trabajo que en las condiciones actuales ni siquiera es tan laborioso y demandante de energía y tiempo), mientras otros se limitan nada más a sentarse y esperar que aquella caiga del cielo.

Y es que, como afirmó el especialista en educación Curtis Johnson:

“Según el modelo que sigue siendo dominante en la mayoría de escuelas del mundo, al entrar en el aula casi parece que el conocimiento sea algo escaso, difícil, prácticamente imposible de obtener a no ser que tengamos a un adulto debidamente cualificado de pie frente a un grupo de jóvenes que le escuchen solícitos, dispuestos a anotar en sus cuadernos cualquier dato supuestamente de valor. Pero los alumnos saben que no es así: el conocimiento es ubicuo. Pueden entrar en Google para buscar una respuesta y llegar a ella mucho más rápido que nadie en esta sala –hasta un muchacho de 9 o 10 años puede hacerlo–. Es cierto que tal vez no tengan el criterio para saber cuáles son las coas que merece la pena buscar, ni la sabiduría para valorar lo que encuentran, pero es evidente que pueden acceder al conocimiento; no tenemos que dárselo.”

Así, lo anterior parece generar otra brecha digital, no una entre usuarios conectados y desconectados, sino una entre usuarios que realmente aprovechan el potencial informativo y educativo que Internet genera y usuarios que, aun con acceso a la red, condicionan su vida de forma negativa de la misma manera que han sido condenados quienes han recibido una educación formal deficiente.

Esa es una brecha digital mucho más problemática que la que ya conocemos, puesto que, probablemente, el abismo entre los dos porcentajes de la torta sea más grande aquí que en un gráfico que ilustra cuántos ciudadanos están conectados a Internet y cuántos no. Además, será sin duda la siguiente brecha digital contra la cual nos enfrentaremos una vez que la anterior sea superada. Y es una brecha de la cual, por cierto, no he oído a nadie hablar.

(Fuente: elvaso.cl)

Conclusiones de un experimento radical: dos semanas sin banda ancha (II)

Lo malo

Como decía anteriormente, no todo es color rosa. El hecho de no contar con una conexión permanente en el computador principal conlleva también consecuencias un tanto negativas y a veces difícilmente salvables.

Por ejemplo, está el tema de las aplicaciones en la nube. En este aspecto, el servicio de sincronización automática de archivos y carpetas Dropbox pierde toda su magia cuando sólo hace partícipe de su ecosistema al teléfono móvil, el tablet y en menor medida el notebook, dejándose fuera del flujo (ocasionalmente, gracias al tethering) el computador de escritorio.

Esto implica que si, por ejemplo, escribo un texto en mi notebook fuera de mi casa, conectado en una red pública, sólo podré acceder a dicho documento de forma instantánea desde el iPad o el iPhone. Pero al llegar a la casa, no habrá forma de transferir dicho contenido aprovechando la instantaneidad y facilidad de Dropbox, a menos que comparta la conexión de mi iPhone, conecte el iMac a dicha red y Dropbox comience a actualizar la lista de archivos modificados, la que normalmente no termina siendo tan breve ya que ha pasado un tiempo más o menos vasto desde la última conexión.

Como si fuera poco, no debe omitirse que, al menos en Mac OS X, muchas aplicaciones multiplataforma como 1Password o TextExpander se valen de Dropbox para mantener una configuración uniforme entre iPhone, iPad y Mac. Luego, me atrevería a decir que es precisamente éste el peor problema de no contar con una conexión permanente a los servidores Dropbox en el computador, más allá de no tener las modificaciones de archivos de texto y carpetas con documentos al instante.

Lo mismo sucede con otras aplicaciones de almacenamiento línea como el servicio de notas Evernote. Antes todo era tan sencillo como guardar una nota o una captura fotográfica en el smartphone, para poder verla al instante en el cliente de escritorio. Desde luego, ese proceso de sincronización ahora, tal como en Dropbox, excluye al computador de escritorio mientras no se emplee la función de tethering, se abra la aplicación y se comience el proceso de sincronización de forma manual.

Por su parte, iTunes adolece del mismo tipo de inconvenientes si se cuenta con una suscripción al servicio de pago iTunes Match, convirtiéndose de esta forma en una aplicación poco favorecida si no se mantiene una conexión más o menos permanente que permita sincronizar información con los otros dispositivos de Apple, como álbumes eliminados, rating de canciones, nuevas listas, etc.

Es decir, de que se puede hacer partícipe al computador de escritorio de este nuevo ecosistema donde la información se sincroniza a través de la nube, se puede; pero sincronizar contenidos resulta un tanto trabajoso y completamente desalentador, al punto que uno realmente quisiera encontrar una forma efectiva de mantener conectado el computador a Internet permanentemente sólo para efectos de que aplicaciones como Dropbox, Evernote, iTunes e incluso las de la suite iCloud –Agenda, Calendario, Fotos en Streming, etc.– actualicen sus archivos.

Fuera del ámbito de la sincronización de información, aparece igualmente el problema de la actualización del sistema operativo. Con descargas que suelen oscilar entre los 500 MB y varias GB, descargar los “parches” para Mac OS X valiéndose de la conexión de datos del teléfono no parece la opción más sabia.

Pasando a otro punto, se hace manifiesta también –cómo no– la privación de actividades recreativas típicas como la descarga de series y el juego en línea. Se trata de tareas que ni con tethering pueden realizarse debido al alto consumo de datos, y cuyas alternativas en el iPad (ahora más cercano a ser el dispositivo principal que uso la mayor parte del tiempo) no resultan tan efectivas.

Para el primer caso, la opción consiste en dejar de descargar series en alta definición para contentarse con algún servicio como Netflix, pero la verdad es que, aún encontrándome suscrito y medianamente conforme con aquel, el catálogo al que se puede acceder desde el iPad no puede competir con las opciones que ofrecen los torrents. Así pues, mientras que un capítulo nuevo de alguna serie aparece subtitulado en Internet con un día de diferencia al de su estreno en Estados Unidos, en Netflix las series disponibles son más bien pocas y con temporadas antiguas en la mayoría de los casos.

Para el segundo caso, la alternativa consiste en olvidarse de esas maratones de Modern Warfare 3 en Steam o StarCraft II y contentarse con algún juego para iOS. Demás está decir que la comparación es risible.

Sin embargo, la luz al final del túnel existe. Parece obvio que nadie en su sano juicio, sobre todo aficionado a la tecnología a Internet, cortaría su suministro de información con tantos problemas como los descritos y sin beneficio alguno. Por ello es que a continuación me remitiré a lo más satisfactorio de la experiencia: los beneficios de llevar una vida relativamente lejos de un computador conectado las 24 horas a Internet.

Lo bueno

Como ya indicaba anteriormente, hay esperanza al final de esta historia. No todo es un infierno en la vida sin Internet doméstica, y hay cosas que realmente hacen que dar el paso valga la pena y la balanza se incline, al final, hacia las ganancias.

Yendo de lo baladí a lo más importante, una primera ventaja, que probablemente resulte intrascendente para cualquiera, es la ganancia en limpieza y espacio sobre el escritorio. Siendo un admirador del diseño y enemigo declarado de la proliferación de basura sobre la superficie de trabajo (aunque tampoco llego a la obsesión enfermiza por dejar mi escritorio en un auténtico estado zen donde sólo reposan una pantalla y el teclado, para luego fotografiarlo y subirlo a sitios de Internet sobre cosas shuper minimalistas), deshacerse de dos dispositivos espantosos y espaciosos como el router y el módem, y sobre todo de los cables, ayuda a retomar un poco el control en un ambiente atestado de alambres y cajas plásticas con luces.

Un segundo beneficio, sobre el que ya adelantaba algo, dice relación con la forma en que uno pude ir adaptándose a la llamada era post-PC. Interesantemente, el dejar de depender de aplicaciones de escritorio obliga a conocer nuevas formas de interactuar con la tecnología, que resultan mucho más gratificantes y expeditas gracias al formidable trabajo hecho por Apple en el desarrollo de una experiencia integrada de hardware –iPad y iPhone– y software –iOS–, y a la labor de desarrolladores de software que han creado aplicaciones que realmente vale la pena utilizar.

Un tercer beneficio evidente es que se gana tiempo. Desde luego, no se trata de realizar ninguna maniobra cuántica o jugarreta con las leyes físicas que me otorguen más horas que al resto, sino de, sencillamente, detenerse por un momento y darse cuenta de la imbecilidad que significa enfrentarse de forma irreflexiva a una pantalla, sin hacer nada durante horas, mientras la vida transcurre y los años pasan.

A más de alguno podrá parecerle esta sentencia algo drástica, o incluso ajena a su realidad. “Es que hay que ser muy idiota para estar todo el día sentado frente al computador haciendo nada”, podrá esbozarse. Pero lo cierto es que la inmensa mayoría de los usuarios de Internet –lo observo siempre y no temo equivocarme– no está consciente de la cantidad de horas que emplean y lo poco que obtienen de las actividades que realizan frente a la pantalla. De hecho, vaticino que más de uno estaría a punto de infartarse si se diese el trabajo de verificar empíricamente su actividad en línea (lo que, por cierto, se puede hacer con servicios como TimeRescue) y descubriese, sin oportunidad de que los números mientan, cómo no nos damos cuenta de nuestras malas costumbres hasta que nos alejamos por un momento de ellas, nos volvemos a reflexionar y observarlas desde una posición algo distante y nos enfrentamos a la escandalosa realidad una vez que las vemos todas juntas.

Insisto sobre este punto porque probablemente sea el más relevante: al eliminar la fuente más poderosa de distracciones en casa (después del televisor, claro, lo que es un asunto que no me atañe ya que nunca compré uno) se abren las puertas a reencontrarse con viejas aficiones, profundizar en otras y dar una posibilidad cierta de realización a todas las cosas que uno subconscientemente tiende a anotar en esa pizarra mental encabezada con el título “lo que algún día me gustaría hacer antes de morir” pero finalmente olvida.

Incluso se abre un espacio mayor al pensamiento y la reflexión, algo mucho más cerca de un auténtico deber de todo ser humano consciente que de alguna clases de práctica espiritual. En una sociedad de la información repleta de redes sociales y datos intrascendentes, darse el tiempo de meditar y analizar detalladamente lo que sucede a nuestro alrededor constituye una gran ventaja, incluso desde el punto de vista productivo, en un contexto en que todos podemos informarnos de cualquier cosa al momento y manejar muchos conocimientos de forma superficial, pero sin que ello suponga algún mérito ni rasgo distintivo.

Por otra parte, surge también –al menos fue mi caso–, un sentimiento repentino de mayor goce en el uso de la misma Internet. Puede parecer extraño, pero es verdad: es el placer de la privación. En la medida en que uno pasa más tiempo con algo, la tendencia al tedio se incrementará paulatinamente hasta llegar al punto en que lo que, por ejemplo, algún día pudo parecer un juguete tecnológico de lo más significativo, hermoso y estimulante, termina convirtiéndose en algo soso y carente de todo valor emocional (en el sentido de despertar alguna satisfacción).

Desde luego, lo anterior no es algo privativo de los “gadgets”, y con la misma facilitad que un producto tecnológico pasa a convertirse en algo rutinario con el uso intensivo a través de los años, muchas otras cosas en cualquier ámbito de la vida parecen perder “gracia” mientras más tiempo se pasa con ellas. Pero bien sabemos que, gracias a nuestra compleja naturaleza, no es sino cuando las perdemos que nos recordamos lo importante que eran y lo gratificante que pudieron llegar a ser en algún momento. En este sentido, pero llevado a un plano mucho menos trascendental, se logra sentir una clara diferencia entre chapotear en el infinito mar de internet desde la comodidad del hogar u oficina por más de 5 horas al día, y el placer generado por una labor de navegación bien hecha y con algún sentido que otorga, precisamente, la privación.

Desde otro punto de vista, esta privación puede incentivar, más aún, el uso de espacios públicos como bibliotecas o cafés, espacios cuya prescindencia, sin embargo, es manifiesta cuando tenemos banda ancha en casa. Es algo que tampoco está demás.

Conclusión

Recuerdo que cuando estudiaba en el colegio, teniendo unos 15 o 16 años, pasé algunas temporadas sin Internet. Debido a la mudanza de ciudad y después de casa, simplemente no había un lindo cable RJ-45 conectado al horrible y lento gabinete que reposaba en mi dormitorio. Pero ello tenía ventajas: me entretenía desarrollando el intelecto a través de la lectura de enciclopedias (a salvo, por suerte, del déficit de atención que hoy evoca Wikipedia), revistas de divulgación científica y novelas.

Hoy toda esa sensación de plenitud vuelve tras darme cuenta de que, después de años de permanente conexión a la red de redes, si bien ésta me ha reportado infinitos beneficios, también me ha significado grandes problemas, los cuales no son, en caso alguno, privativos de mi caso.

Como señala la cada vez más popular teoría de Nicholas Carr, y a la que la neurociencia va dando la razón, nuestros cerebros se van moldeando gracias al influjo de Internet. Incapacidad para concentrarse por mucho tiempo, aversión por los textos extensos y búsqueda de, como diría un par de célebres parlamentarios, “deseo de gratificación instantánea” (a través de contenidos fútiles, accesibles, rápidos y reducidos en extensión) son algunas de las consecuencias de la revolución que la generación Google está introduciendo en nuestras mentes.

Buena o mala, prefiero mantenerme al margen, al menos durante un tiempo prudente, de dicha revolución. Enfrentado a la posibilidad de leer más libros y disfrutar de otras cosas sin por ello caer en el analfabetismo digital, y la de procrastinar en Internet permanentemente y someterme a algunas de las desgraciadas consecuencias antes descrita, claramente me inclino hacia lo primero.

Conclusiones de un experimento radical: dos semanas sin banda ancha (I)

Antecedentes del experimento

Hace poco menos de dos semanas tomé la radical determinación de dar término al servicio de Internet en mi casa. Esperando que de alguna manera ello me reportara eventualmente un beneficio, decidí dejar mi computador de escritorio y portátil completamente desconectados. En teoría, o al menos en parte.

La última precisión viene a cuento porque, si bien ya no tengo un servicio de banda ancha y una red Wi-Fi casera a la cual mantener conectados todos mis juguetes –un iMac, un MacBook Pro, un iPhone y un iPad–, estos últimos, por tratarse de dispositivos móviles con una conexión de datos provista por una tarjeta SIM, todavía me permiten estar enterado de qué ocurre en el mundo. En breve, aún mantengo acceso a Internet gracias a la conexión 3G de mi iPhone y iPad, pero nada de banda ancha en cualquiera de los dos computadores.

Lo anterior podría llevar al erróneo razonamiento de que da lo mismo terminar mi relación de dos años con uno de los dos ISP importantes del mercado, mientras exista un gentil operador telefónico manteniéndome conectado a la red de redes por medio de un par de dispositivos portátiles; pero no es así.

Debo precisar que tanto en el iPad como en el iPhone existe la limitación de tráfico mensual que impone el plan de datos correspondiente. Así, mientras antes podía permitirme lujos como jugar en línea de cuando en cuando, descargar series en alta definición y mantenerme conectado las 24 horas del día (aunque sólo hacía un uso real del servicio con menor frecuencia, obviamente), ahora debo ponderar qué usos son realmente necesarios en mi día a día, de manera que no termine sobrepasando la “cuota mensual”.

Y es precisamente aquí donde viene lo interesante: he podido reencontrarme con Internet como una verdadera herramienta útil y no una aspiradora de horas de ocio que se desperdician a medida que va pasando el tiempo y no nos damos cuenta.

Personalmente no soy usuario de Facebook, de manera que me salvo al menos del calvario inconsciente al que muchos se ven sometidos cuando pasan una grosera y excesiva cantidad de horas al día viendo fotos, realizando comentarios banales o intruseando en “vidas” ajenas. Pero Internet puede ser tan amplia y dispersa como uno quiera, de manera que fuentes de distracciones no me hacían falta.

De hecho, uno de los problemas más recurrentes a este último respecto, y del que muchos también padecen –junto con la adicción a redes sociales–, es el “síndrome de navegación sin sentido”. Así, no era tan poco frecuente que por el solo hecho de sentarme frente al computador y posicionar mi diestra sobre el mouse, naciera un impulso irresistible, instantáneo e irreflexivo por abrir el navegador para comenzar a saltar de sitio web en sitio web, muchas veces sin un destino claro.

El problema es que se trataba de un movimiento realizado casi por inercia, por lo que más que interiorizarme en algún tema en particular, acababa revoloteando sobre distintos asuntos con una manifiesta superficialidad que al final no conducía a nada: ni a un verdadero disfrute y goce por el consumo de los contenidos que pasaban frente a mis ojos, ni a mi educación o formación intelectual. Era, desde luego, el síndrome de déficit de atención en su apogeo (ese maldito mal del que hoy todos padecemos en alguna magnitud, gracias a la proliferación de la red y todo tipo de pantallas).

Intenté sortear el problema sin éxito, primero, con una básica aplicación que corría en segundo plano en Mac OS X y que bloqueaba el acceso a ciertos sitios o aplicaciones. El problema era que, con la misma facilidad que se podía agregar el navegador a la lista negra, podía cerrarse el programa en cuestión y ceder al impulso por hacer cualquier cosa que pareciera interesante.

Luego probé suerte con una aplicación un poco más compleja, carente de interfaz gráfica durante su funcionamiento, y para cuyo cierre o inhabilitación se requería algo más de ingeniería (la que, por cierto, no pasa por algo tan sencillo como abrir una ventana del terminal y escribir algún comando, o revisar el monitor de actividades y cerrar cierto proceso).

El problema esta vez, sin embargo, resultó ser que había que darse la molestia de colocar un temporizador, donde se indicara cuántas horas estaría fuera de línea. Esto implicaba tener que estar armando pequeños programas o calendarios de uso, basado en ventanas libres y horas destinadas a la procrastinación; una incomodidad adicional que tampoco asumí con complacencia.

Es así como llegué un día a leer en un blog sobre estilo de vida minimalista acerca de la experiencia de cierto hombre que, aquejado por el mismo gran problema, decidió sencillamente cortar por lo sano y privarse de Internet en su computador. Claro, así como respirar, comer y vestirse, el hombre aún mantenía la necesidad de publicar sus columnas y revisar su correo electrónico cada cierto tiempo (ojo, que también ayuda la práctica de la desconexión a eliminar el mal patológico de revisar compulsivamente la bandeja de entrada a cada momento), pero nadie dijo que cortar la banda ancha en casa implicara además añadirse una barra de silicio al muslo y autoflagelarse cada vez que se toque un dispositivo conectado a Internet.

Allí es donde vienen, entonces, las distintas alternativas de morigeración. Mientras este blogger explicaba cómo decidió volver a aquellos buenos tiempos en que bastaba un flashdrive para transportar la información o llevar su notebook al café más cercano para conectarse durante un par de horas, también existe la opción –adoptada por vuestro servidor– de mantener Internet en el teléfono con ciertas restricciones que obliguen a no abusar de una conexión de datos e impidan pasar gran parte del día sentado frente a una pantalla.

¿Y qué ocurre en caso de que por ejemplo, no quiera revisar un correo o leer las noticias (ambas tareas fácilmente realizables en un iPad o iPhone), sino revisar determinado documento en el computador de escritorio o acceder a cierta aplicación en línea?

Por una parte, existe la consecuencia indirecta pero interesantísima de verme obligado a interiorizarme en la “era post-PC”, de manera que poco a poco me voy deslizando del software de escritorio a aplicaciones mucho más intuitivas, bien diseñadas y fáciles de utilizar, como las que se desarrollan para iOS. Ello implica aprender nuevos flujos de trabajo y aprender a sacarle partido a dispositivos pequeños y simples como potentes herramientas de trabajo que poco tienen que envidiarle a un computador de 27 pulgadas.

Pero si el caso resultase extremo, y realmente se hiciese imperativo contar con acceso a Internet en el computador de escritorio para una tarea en particular, el mismo iPhone (y próximamente el iPad de tercera generación, cuando arribe a nuestras tierras) puede hacer las veces de módem con la función de tethering que el propio sistema operativo integra de fábrica, de manera que el “problema” no es tan grave como parece.

Dicho lo anterior, y después de casi dos semanas de experimentación, naturalmente pueden sacarse varias conclusiones tanto favorables como negativas. Por ello es que en la segunda y última entrada me centraré en explicitar los principales problemas a los que me he visto enfrentado con esta privación, así como las consecuencias favorables.

SOPA, ACTA Y El TPP No Son El Problema

Publicado en El Vaso.

Contrariamente a lo que hemos creído por algún tiempo, el problema de la amenaza a nuestros derechos de acceso a la información y libertad de expresión no se llama SOPA, PIPA, ACTA o TPP.

El problema fundamental no radica en instrumentos legislativos que, intentando resguardar valores difusos –llámense seguridad digital o derechos de autor–, tienden a vulnerar derechos fundamentales. El problema no radica en la ley de turno que busca responsabilizar al administrador de un blog por las injurias que se puedan eventualmente verter en él; ni en la que exija a los ISP un control férreo de los contenidos que un usuario de Internet descargue y les ordene cortar el servicio si se tratare de determinado material; ni tampoco en la ley que determine mandar a la cárcel a quien ose distribuir en la red cualquier obra protegida.

Aunque en los hechos no lo parezca, estos episodios –mientras no se aprueben los correspondientes proyectos– son meramente anecdóticos. A lo más sintomáticos, si se quiere.

El verdadero problema, aquel del cual SOPA y muchos otros acrónimos son nada más sus consecuencias, dice relación con las dimensiones que ha alcanzado Internet en la vida cotidiana y los ojos con que la red comienza a ser vista por grupos de interés como empresarios y políticos.

Que no se me malinterprete con esto último. No se trata de elucubrar una nueva teoría salfatiana y ver enemigos ocultos en todas partes, sino de identificar los poderes fácticos y tradicionales cuya existencia todos conocemos, y cómo sus miedos son cosa mucho más manifiesta de lo que creemos.

En el caso del genérico concepto de “empresarios”, entendemos que se trata de ejecutivos de la industria discográfica, del cine y otras que, ejerciendo un lobby feroz sobre la llamada clase política, ven una supuesta amenaza al bienestar de sus respectivas industrias en el comportamiento de usuarios con pata de palo y parche en el ojo.

Pero además del resguardo de ciertos intereses comerciales, el poder tradicional también posee sus propias razones para aguarnos la fiesta.

Y es que el caso de los políticos es especialmente interesante. Un rápido examen a nivel global nos permite apreciar la diversidad de colores de que hacen gala los distintos países que han coartado o pretendido coartar la libertad de expresión, el acceso a la información y otros derechos fundamentales (fundamentalísimos en el nuevo milenio). Dicho en otros términos, el poderoso, abierto y masivo espacio de información, conocimiento, cultura, entretenimiento y educación en que se ha convertido Internet ha merecido la amenaza tanto de tiranías en Medio Oriente, como de la dinastía Castro en Cuba y de republicanos y demócratas en Estados Unidos. O sea, hay para todos los gustos.

Como afirma con precisión Claudio Ruiz, de la ONG Derechos Digitales:

“Todas estas iniciativas tratan de entender las nuevas tecnologías e Internet fundamentalmente como un lugar opaco cuyas prácticas hay que regular con severidad para resguardar mecánicas de negocio de la era previa a internet. Así, otros derechos que ven en Internet una zona segura y de fácil desarrollo, como la libertad de expresión, terminan cediendo a favor de intereses comerciales vinculados a la explotación de los derechos de autor.”

Creo fundamental resaltar aquello de entender las nuevas tecnologías e Internet como un lugar opaco. Incluso, a juzgar por las acciones adoptadas en diversos ordenamientos, uno podría inferir sin miedo a equivocarse que Internet es visto muchas veces como un auténtico espacio de libertinaje, una anarquía que se ha venido soportando durante décadas, y que amerita con urgencia y prontitud una regulación sumamente interventora e –incurriendo en un despropósito jurídico– incluso sanciones penales. Pero en esa absurda apreciación, por cierto que no sólo tienen cabida los intereses comerciales a los que se aludía anteriormente.

Permítanme aquí hacer un paréntesis bastante clarificador. Y es que una buena forma de ilustrar la situación es una ya legendaria declaración de la NTIA de principios de 2010.

Citando el correspondiente artículo en inglés de Wikipedia, la National Telecommunications and Information Administration es una agencia integrante del Departamento de Comercio de Estados Unidos, cuya función consiste en operar como principal asesor del Presidente en materia de telecomunicaciones.

Pues bien. No fue más ni menos que dicho órgano el que en la mentada declaración enseñó una curiosa delimitación temporal para referirse a la historia de Internet y a las medidas reactivas que deberían adoptarse de cara al futuro. Así, la NTIA se empeñó en describir el período comprendido entre los años 1990 y 2000 como la “Política de Internet 1.0: transición a la comercialización” y el período comprendido entre 2001 y 2009 como “Política de Internet 2.0: desde el garaje a las calles”.

Aquel primer período, caracterizado por el surgimiento de los primeros ISP comerciales, habría sido observado con una actitud del gobierno norteamericano propensa a la no intervención, de manera que se facilitara el crecimiento de la red y se promoviera la innovación en garajes a lo largo y ancho de todo Estados Unidos. En el segundo período, por su parte, en donde resulta evidente la masificación de Internet y la forma en que éste pasa a convertirse en un servicio doméstico más (con 7 de cada 10 hogares estadounidenses conectados, según las estimaciones de la NTIA en ese entonces), comenzarían a aparecer los problemas: de privacidad, de seguridad y, era que no, de infracción de copyright.

Con este par de antecedentes es que la NTIA no dudó en sugerir hace dos años la “Política de Internet 3.0”, una que vendría a poner orden en un mundo de caos en que el principio “leave the Internet alone” ya no puede seguir teniendo cabida.

Estas ideas manifestadas en 2010 no representan sino el puntapié formal de las nefastas iniciativas que se han venido conociendo en el último tiempo. Y las mismas palabras escogidas en dicho discurso (más elocuentes de lo que yo pueda reproducir) dejan entrever el problema de fondo al que aludía al principio, aquel que subyace como causa de esos efectos que llamamos SOPA o ACTA.

El problema no es económico, sino esencialmente político y sociológico: tiene que ver con la forma en que las cuotas de poder ahora, al menos en una cierta y moderada medida, son “compartidas” entre gobernantes y ciudadanos conectados, y la forma en que a los primeros atemoriza una suerte de comunismo 2.0 que en realidad no es tal.

Tiendo a creer que los principales actores políticos que hoy gobiernan Estados Unidos y Europa –y en realidad cualquier país– son gente de avanzada edad con una visión de mundo ya formada, moldeada, a modo de ilustración, por paradigmas anacrónicos como el de la guerra fría.

Las nuevas generaciones, en cambio, nacen y verán expuesto su crecimiento a otra clase de estímulos, a nuevas formas de aprender y hasta a un cambio en códigos del lenguaje como nunca antes visto; a un mundo distinto, donde Internet no es la novedad científica que –como afirmaba la propia NTIA– hace sólo un par de décadas permanecía en un garaje, sino un ente universal y accesible cuya existencia resulta tan natural e incuestionable como el agua.

Es el mundo tecnologizado y rebosante de información y oportunidades que escritores como Isaac Asimov y un algo más pesimista Arthur C. Clarke vaticinaron varias décadas atrás; un mundo cuya configuración golpea fuertemente las nociones de políticos vetustos y que los inmoviliza, de la misma manera que hoy un anciano promedio de 80 años sería reticente a aprender a utilizar un reproductor de música digital en desmedro de la radio.

Por ahora, la única forma de escapar de lo que parece ser un complejo año para el derecho de acceso a la información y el ejercicio de la libertad de expresión, es el boicot de proyectos como SOPA y el ejercicio proactivo de labores de información y difusión tan loables como las de ONGs tipo Ciudadano Inteligente y Derechos Digitales.

Sin embargo, no podemos obviar que en un largo plazo son otras las determinaciones que deberíamos tomar para evitar que lo que en algún momento parecía erigirse como una biblioteca de entretenimiento, conocimiento e información sin límites y al alcance de cualquiera, termine sucumbiendo, más que a los intereses de la industria editorial, musical y cinematográfica, a los intereses de un orden y estructuras con formas particulares de ver y gobernar la sociedad. En este sentido, los pasos a seguir son evidentes y dicen relación con ese sagrado ejercicio cívico llamado voto, pues mientras no exista un recambio de mentalidad en el poder (ojo, que no basta rejuvenecer en 20 años a los candidatos), iniciativas como SOPA y PIPA seguirán multiplicándose.

(Fuente: elvaso.cl)